LA MÁGICA PLUMA DE GABO

Era inevitable: el olor de las almendras amargas me recordaba siempre el destino de los amores contrariados.

Me aprendí la primera frase de “El amor en los tiempos del cólera” cuando, de manera inevitable, Gabriel García Márquez se convirtió en uno de mis autores favoritos.

Cuando en 1982 le dieron el Nobel de Literatura, hace ahora 30 años, sentí una gran curiosidad por conocer su obra y, por supuesto, leí “Cien años de soledad”. Decidí, era joven, que para el resto de mi vida ningún libro me gustaría tanto como ese pero, siendo lectora, era inevitable que otros libros me cautivaran, aunque de momento es el único que he trileído, una lectura por década.

Para mí era inevitable amar a un autor que se entristeció tanto al matar en “Cien años de soledad” a uno de sus personajes, José Arcadio Buendía, que para embellecer el momento nos regaló una lluvia de flores: “Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron al oído, le pusieron un espejo frente a las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo.  Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro.”

Philip Treacy p/v 2013

Philip Treacy p/v 2013

Inevitable quedar fascinada ante un enamorado, Mauricio Babilonia, a cuyas apariciones en “Cien años de soledad” precede una multitud de mariposas… ¡Ay!, si los amantes avisaran de esa manera sería mágico verlas aletear al unísono con las que se instalan en nuestro estómago.

Philip Treacy p/v 2013

Philip Treacy p/v 2013

Inevitable embelesarme cuando cuenta en el prólogo del Diccionario Clave (diccionario de uso del español actual de la editorial SM) que tenía cinco años cuando “mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. “Es un camello”, me dijo el abuelo.  Alguien que estaba cerca le salió al paso. “Perdón, coronel”, le dijo. “Es un dromedario.””

Philip Treacy p/v 2013

Philip Treacy p/v 2013

Era inevitable no dejarme seducir por quien inventa un barco, la Dorada, para unir por fin en “El amor en los tiempos del cólera” las vidas de Fermina Daza y Florentino Ariza con este diálogo final entre el capitán y el propio Ariza:

-¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? -le preguntó.

Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

-Toda la vida -dijo.

Philip Treacy

Philip Treacy

Sí, conociéndome, era inevitable.

Sincerely. Adela Leonsegui*


EL BOSQUE ANIMADO

El principio de una colección es encontrar un concepto.

Sin concepto, sin un hilo conductor de la historia que vas a contar a través del vestido, no hay nada, sólo una serie de trajes inconexos, mejor o peor hechos, de mejor o peor gusto, pero no es una colección.

En las grandes pasarelas es fácil ver buenas colecciones y, en ocasiones, colecciones perfectas como esta.

Giambattista Valli, haciendo malabares con el patronaje en su colección de alta costura para el invierno 2012/2013, ha creado un bosque lleno de flores, de plantas, de mariposas, ninfas, escarabajos y hojas.

Es el realismo mágico de las novelas de Gabriel García Márquez, el bosque animado, el sueño de una noche de verano.

Y vendrán muchas noches y muchas flores.

Y leyendo a Victor Hugo me despido.

Muere el día en verano. De sus flores cubierto,

vierte el campo a lo lejos un perfume embriagante.

Con los ojos cerrados y el oído entreabierto,

dormimos en un sueño más claro y fascinante.

Sincerely. Adela Leonsegui*