FLOWER POWER

Ahora que el otoño se está lloviendo a mares y nos quita a manotazos los colores, ya sé que no es el momento pero quiero declarar mi amor a las flores. Me gustan todas y en todas partes, hasta las adelfas en las autopistas.

Disfruto regalando flores. Deberíamos pasarnos la vida regalando flores porque además de lo feliz que hacen, quien las regala siempre acierta. Ya sean las flores más sencillas o las más sofisticadas se aceptan con una sonrisa y con cierto rubor, no sé muy bien por qué pero provoca cierta turbación en quien las recibe. La falta de costumbre.

Las flores, tradicionalmente, han sido un presente relacionado con el género femenino y, si me apuran, un cliché para salir de algunos compromisos. Pero tenemos que quitarnos esa idea de la cabeza y salir a comprarnos un buen ramo. Es una experiencia estupenda: pararte en la floristería, elegir una o más especies de uno o varios colores, salir como si acabaras de ganar un premio, desenvolver tu manojo de flores, dividirlo en otros más pequeños y colocarlos en recipientes improvisados.

Si voy más allá, me gustan hasta las flores de plástico, siempre que sean de una calidad aceptable, sé que tienen un punto cursi importante, pero no puedo evitar sentirme dentro de los años 60 cuando estoy delante de una de esas plantas mentirosas de color empolvado, que aspira a ser natural.

Adoro las flores en el pelo, otra cursilada lo sé, pero todo depende de quién, cómo, dónde, cuándo y por qué, como casi todo en la vida.

¡Oops, en el pelo!

Ya lo he dicho, me gustan las flores en todas partes, estar rodeada de flores y me hubiera gustado estar envuelta en orquídeas en este lugar.

Dior alta costura otoño invierno 2012/2013

Y, a veces, hasta he deseado ser una flor, una de aquellas que hizo desfilar Dior en su alta costura de 2010.

Sincerely. Adela Leonsegui*