LA ESCALERA DE LOUIS VUITTON

Una de las maravillas de aquellos grandes almacenes de mi infancia eran las escaleras mecánicas, conseguían trasladarme a un mundo sofisticado, moderno, alejado del que vivíamos en esta parte del planeta. Y si eso sentía yo, ni imagino lo que supondría para las mujeres de los cincuenta.

Entiendo que ya no, ahora han sido desbancadas por los ascensores de cristal, que no digo que no tengan su punto, pero ya nada sorprende lo que sorprendía antes.

Esa fascinación ha quedado navegando en mi cabeza y ha vuelto a la vida en forma de desfile, el primero de Louis Vuitton sin logos, ni falta que hace, el damero ha sido suficiente. Un homenaje a los grandes almacenes, a las escaleras mecánicas y a las mujeres tipo Doris Mary Ann von Kappelhoff, es decir, Doris Day.

Sincerely. Adela Leonsegui*


SAINT LAURENT. NOSTALGIA RENOVADA

Como una cinta de casette llamada “varios” en la que grababa mi mejor música, así debuta Slimane: un claro homenaje a las chicas más atractivas de mediados de los sesenta y principios de los setenta, esas que se llevaban de calle a rockeros y actores, esas que imponían su estilo a base de estilazo, las de pelo largo y ojos de bambi, las de falda corta y botas altas, las musas de Saint Laurent, mezcladas con puro siglo XXI.

Un homenaje a Yves y a sus primeros años de prêt-à-porter remezclada con lo más característico de Hedi Slimane: la silueta slim. Una moderna unión que funciona perfectamente.

Camisas de seda con grandes lazos y chorreras que podían resultar demasiado evidentes, y que combinadas con pitillos tobilleros y chaquetas ceñidísimas o cortísimas o ambas cosas a la vez, pierden toda su cursilería.

 

El clásico smoking negro con camisa blanca es distorsionado y redibujado en minifalda de larga cola.

La sahariana en piel y también convertida en vestido largo de ante

Trajes largos, infinitos, vaporosos, a los que añade collares que llegan al ombligo y enormes capas que no lo tapan todo

Y como nexo común el sombrero Fedora de ala ancha.

Una obra maestra.

Sincerely. Adela Leonsegui*


LONDON MAIL

El sistema tradicional de franqueo es el realizado a través de sello postal, esto no es más que un comprobante de pago previo de los envíos efectuados por correo en forma de etiqueta. (correos.com)

Antes de la existencia del sello, el importe del correo lo pagaba el destinatario y dependía de la distancia recorrida, no del peso del paquete. El sello nace dentro de la reforma postal realizada por James Chalmers y Rowland Hill.

La leyenda cuenta que en el año 1835 el profesor inglés Rowland Hill viajaba por Escocia, entró en una posada a descansar y ocurrió lo siguiente: vio cómo el cartero de la zona entraba en la casa y entregaba una carta a la posadera.

Ella tomó la carta en sus manos, la examinó atentamente y la devolvió al cartero alegando: Como somos bastante pobres no podemos pagar el importe de la carta, por lo que le ruego que la devuelva al remitente.

Al oír aquello, Hill movido por la generosidad ofreció al cartero el importe, pues no quería que por falta de dinero se quedara la mujer sin saber las noticias que le pudieran llegar.

El cartero cobró y entregó la carta a la posadera. La posadera recogió la carta y la dejó sobre una mesa sin preocuparse en absoluto de su contenido.

Luego se volvió al generoso huésped y le dijo con amabilidad: Señor, le agradezco de veras el detalle que ha tenido de pagar el importe de la carta. Soy pobre, pero no tanto como para no poder pagar el coste de la misma. Si no lo hice, fue porque dentro no hay nada escrito, sólo la dirección.

Mi familia vive a mucha distancia y para saber que estamos bien nos escribimos cartas, pero teniendo cuidado de que cada línea de la dirección esté escrita por diferente mano. Si aparece la letra de todos, significa que todos están bien. Una vez examinada la dirección de la carta la devolvemos al cartero diciendo que no podemos pagarla y así tenemos noticias unos de otros sin que nos cueste un penique.

Y ese es el mantra que he sacado de esta historia: sin que nos cueste un penique, sin que nos cueste un penique

Un particular homenaje al desfile de Mary Katantzou y a su sello personal.

Sincerely. Adela Leonsegui*


DIANE SABE LO QUE HACE

Ella es Diane von Füstemberg a la edad en que conoció a su príncipe, Egon de Füstemberg. Tenía 18 años y realmente era un bellezón. Esta mujer belga de padres judíos y extranjeros (ruso el y griega ella), vivió en Suiza, Madrid, Londres, Estados Unidos, París y finalmente, de nuevo, en Estados Unidos.

Está claro que un bagaje así te deja un poso en el alma para toda la vida. Fueron quizá las numerosas maletas que tuvo que hacer y deshacer las que sirvieron de inspiración para lo que se considera su gran aportación a la moda femenina, el llamado wrap dress: el vestido envolvente de seda estampada que hecho un ovillo cabe en cualquier sitio y, además, no se arruga.

Como mujer conquistadora, además del Príncipe Egon, en los años 80 compartió vida con el ríquisimo y guapísimo Alain Elkhan, aunque desde los años 70 mantenía una relación, que terminó en boda en 2001, con el magnate de la comunicación Barry Diller.

Diane von Füstemberg y Barry Diller

En los años 80  los productos de la línea DVF obtuvieron un beneficio de más de mil millones de dólares y durante 4 años la marca se situó en el Top 10 de los mejores negocios dirigidos por mujeres en Estados Unidos.

Por supuesto, pisó bien Studio 54, bailó con todo lo que allí se meneaba, congenió con Dalí, con los Duques de Windsor, con Andy Warhol, ¡como no!, Roy Lichtenstein, Francesco Clemente y muchos, muchísimos más artistas.

Diane von Füstemberg por Francesco Clemente

Ha llegado a sus sesenta y tantos con operaciones poco visibles, es decir, no tiene cara de besugo, conserva sus arrugas, al menos algunas e imagino que todas y cada una de ellas marcan su personalidad, son señal de vida.

Esta no es más que la introducción a su desfile de primavera/verano 2013: una colección muy femenina, con sorprendes combinaciones de color y cierto regusto ochentero. Moda hecha para mujeres por una mujer que sabe lo que le gusta a las mujeres… y a los hombres también.

Sincerely. Adela Leonsegui*